Cuánto asco me das, epicentro.
Las personas solo ingresan a beber, oír apenas una conversación, ver sus atavíos, y sentir el limo pegajoso de las mesas malolientes. Aqui, siempre se ven figuras femeninas, liderando una conversación, huyendo al baño, encerradas en besos con extraños. La música de fondo casi no importa a nadie, sólo es un pretexto que hace ocultar los rictus, los eructos y las noteas chillonas de lo peor de nuestras conversaciones. Allá, se mece, entumecido, un ebrio. Su mirada vidriosa y su sonrisa babeante anuncian una pelea, una búsqueda incesante del placer animal que nos circunda como especie. No hay excepciones en la regla, rara vez encorbatados, las más veces de cueros negros, el sol no quiere entrar nunca a la llanura mustia del tugurio Parece ser que todo se reduce, musicalmente, a Enrique Bunbury, inefable aedo de la mediocridad en el rock. No hay humo de cigarro, tampoco de marihuana, el ambiente tísico y planificado del dueño del bar, así llamado "Epicentro" solo plani...