Dos naufragios.
El primer barco en naufragar en que fui tripulante había superado borrascas inimaginables, tormentas e incluso el ataque de un kraken. Cuando me subí a ese barco, sentí que su larga historia de supervivencia a los mares más hostiles me cobijaba sin duda. Ya en marcha la segunda noche que había precedido a un largo día de mareos, decidí acercarme al bar-restaurante. Las personas conversaban indistintamente. Otras personas bebían, y la mayoría se entregaba al juego del blackjack con enorme emoción. Pedí una cerveza que aliviara mi sed y mi calor; la cual valió con creces su alto costo. Contemplé la escena de los jugadores que gritaban con cada baraja que caía. Ora daban gritos de emoción ante la derrota, ora gritos por la victoria, ora suspiraban y ora gruñían de ambición mientras el crupier impertérrito ponía una y otra baraja que salía de un mazo en su mano. El mazo de barajas no aminoraba su tamaño por muchas cartas que lanzase el crupier. En el fondo de la mesa estaba una mujer ...