Dos naufragios.
El primer barco en naufragar en que fui tripulante había superado borrascas inimaginables, tormentas e incluso el ataque de un kraken. Cuando me subí a ese barco, sentí que su larga historia de supervivencia a los mares más hostiles me cobijaba sin duda.
Ya en marcha la segunda noche que había precedido a un largo día de mareos, decidí acercarme al bar-restaurante. Las personas conversaban indistintamente. Otras personas bebían, y la mayoría se entregaba al juego del blackjack con enorme emoción.
Pedí una cerveza que aliviara mi sed y mi calor; la cual valió con creces su alto costo. Contemplé la escena de los jugadores que gritaban con cada baraja que caía. Ora daban gritos de emoción ante la derrota, ora gritos por la victoria, ora suspiraban y ora gruñían de ambición mientras el crupier impertérrito ponía una y otra baraja que salía de un mazo en su mano. El mazo de barajas no aminoraba su tamaño por muchas cartas que lanzase el crupier.
En el fondo de la mesa estaba una mujer adulta de cabello rojizo y rizado que sonreía de forma maliciosa mientras alternaba la mirada entre la mesa con los jugadores y mi persona. Al terminarme la segunda cerveza me acerqué a ella y le saludé sin preámbulos. Ella correspondió a mis saludos y ademanes amistosos. Al verla de cerca, noté que sus ojos café verdosos dilataban sus pupilas en un estado de emociones encontradas. A esa mujer le salían escamas color turquesa en sus piernas a medida que conversábamos y trocábamos la cerveza por vasos de vino. Ambos reíamos por eso. Uno de los temas de conversación que tuvimos fue la posición de las minorías sociales con capacidades de mutar al sentir excitación con respecto a la selección de los gobernantes por distritos. Sus opiniones sobre el tema variaban entre lo apolítico y su franco desdén por la organización democrática de nuestra sociedad. Cuando noté, estaba ebrio.
Al entrar a su camarote, sus piernas escamadas brillaban dulce y tenuemente con la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. Me llamó la atención que tuviera un camarote tan amplio, asumo que tenía una posición social aventajada. No me importó eso mientras ella decidió poner una canción de Serrat y, colocando sus pies sobre los míos, bailar un vals bastante sutil.
Cuando hubimos de acostarnos, noté que sus pupilas volvían a dilatarse y contraerse al mirarme. Ella parecía estar buscando algo en mí. Yo solo le miraba aceptando las afirmaciones con las que me cualificaba. Me catalogó de amable, cortés, caballeroso, y luego de mentiroso, labioso y procaz. Al cabo de un momento cohabitamos. Ambos logramos un aceptable clímax, y ella me pidió que lea en voz alta un poema que había escrito la primera noche en su camarote. En vista de que la recitación siempre me gustó, accedí. Desnudo, en una pequeña silla del velador de su camarote, leí su poema, y mientras lo hacía, ella volvía a hacer aparecer esas escamas coloridas que daban brillo a sus piernas:
"Aquí el océano me cubre como un alero
y yo deseo correr con la vida mía a la ínsula de los amantes,
pero la mar me devuelve a la convención de la especie,
que se encierra en 4 paredes de coral,
y forma un hogar, donde los tritones pequeños crecen y pululan.
Aquí el lecho marino de las costumbres
me tiene en la torre de coral mirando al horizonte expectante,
buscando la efigie postergada tanto de ese Quijote con piernas humanas,
que cabalgando un bote y con su adarga terrenal como baza de defensa,
cometa el delito del rapto"
Al terminar de recitar el poema reí dos veces y comenté "alguien ha estado triste". Al esperar alguna risa, noté que ella ya no me miraba con dulzura o deseo, sino que su mirada con tristeza y lágrimas apuntaba hacia la pared. Dijo entonces: "lárgate de mi habitación".
No sé si leí el poema que escribió con un tono sarcástico, o si le puse una entonación inadecuada. Me sentí miserable por no haber podido recitar bien lo que ella había escrito, y hasta me sentí un poco aludido por no llenar las expectativas de ser ese Quijote oceánico. Sin duda mi broma cínica al concluir la recitación, a poco de haber tenido relaciones sexuales, desató su decepción y cólera.
Al salir de su camarote le dije "lamento no poder odiarte o verte con la decepción que tu me miras".
Subí a la barra del bar y consumí vodka. Tengo el recuerdo de haber entablado conversación con otra dama de oscura cabellera que me hablaba de constelaciones, signos zodiacales y mescalina. Decía ella que con unas 3 pruebas de mescalina podría entender el mundo realmente. Luego, después de haber vomitado en privado para poder disimular mi ebriedad con ella, intentaba besarla. En ese momento, repentinamente el barco se volcó tan brutalmente que suspiré espantado, y perdí el conocimiento.
Los rescatistas dicen que fue una suerte que el barco no haya abandonado totalmente el archipiélago, ya que no se contabilizaron víctimas,hasta donde supe.
Lo que sí vi, fue mis hombros amoratados. Y nunca más volví a ver a las dos damas de esa larga noche del naufragio. Ni a la sirena pelirroja, ni a la wica de cabellos negros. No logré recuperar ningún objeto de ese viaje, aunque algunos técnicos y rescatistas intentaron salvar algunos bienes materiales, los míos no eran lo suficientemente grandes o valiosos para que valiera la pena el rescate.
Pasaron un par de años antes de volver a hacerme a la mar, esta vez con calculados temores. Viajé acompañado de algunos conocidos, y ya muchos traumas del anterior naufragio habían desaparecido. Opté por un viaje corto de una isla a otra dentro de un plan vacacional. El barco para esta ocasión era nuevo, y había tenido muy pocas incursiones así como la tripulación, según supe. Eso implicaba que los viajantes estaban cargados con un mayor entusiasmo.
En la primera noche padecía de los ya predecibles mareos y hostilidad estomacal. Los estragos me impidieron bajar al bar y socializar, así que me refugié en mi diminuto camarote. Apagadas allí todas las luces se produjo una oscuridad unánime. Me coloqué en posición fetal en el camastro mientras colocaba una pieza musical en mi reproductor portátil:
"la última vez que te vimos todos,
embarrado de lodo, por el campo,
no pudiste volar, te azotaron con rabia,
tantos son los ojos que te juzgaron,
que te crucificaron por el campo,
soy yo olvidado, soy tú, eres tú"
Me preguntaba con algunas lágrimas en mis ojos si Mauro Samaniego se refiere en ese tema a quien ha sufrido los embates de la vida, o el tema es acaso una forma de dulcificar el castigo a alguien que se lo merece. Tal vez la letra nos consuela a todos: "yo soy tú" dice, y claro, cuando uno sufre una vez, ha conocido el sufrimiento de la humanidad. Del mismo modo, cuando uno ama a una mujer, ha amado a todas las mujeres. Tenía esas reflexiones cuando el movimiento del barco me obligó a vomitar.
La segunda noche finalmente pude bajar al bar, y fui directo al embriagante vodka, que me permitiese conversar con ese grupo de conocidos que viajaba conmigo. Así, nuestras charlas políticas se aderezaron con alcohol, símiles sexuales y requerimientos-aversiones que cada uno exponía en orden y en medio de bufidos o risas escandalosas. Cuando llegó el turno de la más sutil de las mujeres allí presentes, cuyo cabello castaño parecía una caricia en mis ojos, ya todos se habían enzarzado en conversaciones particulares. Eso dejó la atención a la sutil cabellera castaña que contenía a esa persona ágil y sonriente solo en mis manos, ella narró:
-"Cuando era pequeña, el perro pintado en mi habitación cobraba vida en las noches y mis padres tuvieron que convencerme que era mi imaginación. Cuando viajé a Disney, el año pasado, pude reconciliarme con ese personaje. Tengo una fotografía de ese momento."
En ese momento de soledad de dos, yo le preguntaba si además de lo narrado, tenía alguna anécdota o historia más dramática que contarme. Ella respondió que no lo recordaba, y prefirió pedirme que le cuente las mías. Así, le conté que hace dos años casi había perdido la vida en un naufragio. Ella se espantó y me preguntó si acaso era cínico o inconsciente al haber vuelto a meterme en un barco. Yo, sonriendo con cada parte de mi rostro, apunté a decir que si no estuviese allí no hubiese tenido a quién contarle mi experiencia. Ella se sonrojó y por un segundo notó el tono de tristeza que inconscientemente imprimí a mi relato del naufragio. Sobretodo la parte de la cólera de la mujer sirena al decirme "quiero que te largues". La sutil mujer castaña de este segundo barco lamentó mi suerte. Le respondí que no debería sufrir por algo que no le pasó a ella, ni le iba a pasar. Me acerqué y le abracé con la misma sutileza que ella me había tratado. Y la besé.
Cuando nuestros labios se encontraron sentí que todo me dolía de los pies a la cabeza, y que mi corazón ya no tenía lugar para otra pérdida. Sentí además el peso del mundo existiendo, y que el amar a una y a todas las mujeres a la vez es una idea destructiva. Sentí también que la idea del sufrimiento personal como sufrimiento universal llenaba tanto mi cuerpo que mis venas querían salir como empujadas por mi piel. En ese momento ella vio mi rostro turbado cuando separamos nuestros labios, y yo no quise seguir dejando que mire mi alma derruida. Alcé a ver a la tripulante que nos traía bebidas, y le dije abiertamente "gracias por la bebida, bella dama". Nuevamente mi insensibilidad y mi vacío incapaz, mi acidez, distanciándome de las personas que se me acercaron. La sutil castaña mujer tornó en ira cuando el cumplido más elocuente que pudo salir de mis labios fue para una anónima mujer. Ella se levantó casi sin disimular en su sonrisa ya heladamente cortés, la ira que le arreciaba, y me dijo: Hay quienes me han ofrecido el oro y todos los tesoros, y aún así ¿decides atentar a mi estima con tus palabras a otras personas, tan fácilmente y justamente luego de besarnos?. Se dio media vuelta y se unió a la animada charla y baile que se daba entre los demás. Esta escena fue notoria para muchos de los asistentes, así que avergonzado, sutilmente trataba de salir del bar. Pasaba ello y, de nuevo para mí, el barco en que viajaba se volteaba víctima de la mar.
En esta ocasión, no tuve la "dicha" de estar fuera de mis cabales o perder conciencia alguna. Así que vi directamente cómo la fibra del casco de la nave crujía. Vi cómo todo allí saltaba en pedazos y cómo el piso del bar se convertía en una sopa de postres, alcohol y crustáceos que se regaba hasta su encuentro con las tibias aguas del mar. Algunos gritos, aullidos, y luego todos a la par de festivos/trágicos-cómicos, riendo, llorando, bromeando, nerviosos, recibían ayuda y salvavidas. Luego del hundimiento y ante la inminencia de la llegada de los guardacostas y la marina, todos suspiraban aliviados. Acaso algunos reían, otros terminaban sus rezos, y otros, como la silenciosa y triste mujer castaña y yo, cruzaban sus miradas de lejos. Noté en ella una frialdad dolorida, y pude imprimir a mi rostro una tristeza sonriente.
La noche caía en total silencio. Y yo me preguntaba si habría de atestiguar un nuevo naufragio para luego de años poder narrarlo en noches como esta, en la seguridad de la tierra firme al morir un día de Julio.
Hace calor en la lánguida hamaca que me sostiene, y plácidamente veo el rosado atardecer consumir mi vida. He vivido.
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