El discurso de Bruto


He despertado con un deseo enorme de abofetear al destino,
Inmundo lodazal de caminos preestablecidos.
Pienso y cada segundo en mí se hace pasado.

Escribo desde el ayer, nostálgico tiempo de imágenes cromadas por el sepiáceo tapiz que la mente le impregna,
Sempiterna repetición monocromada, las mismas ridiculeces cíclicas de cada amanecer rojizo, entreverado en el laberinto de la rutina monótona,
Matizada por ese absurdo deseo de copular nuevas mujeres,
Qué ridícula me parece mi naturaleza,
siento fluir una sonrisa líquida en mi rostro al mirar a la mujer de la grupa generosa
En qué ente desalmado me convertí,
posando mis dudas en la brutalidad del ocio y la actividad del sentido desprendida.
Una, dos imágenes inquirientes,
me persiguen como fugaces ramillas de orquídea venenosa agazapada en las tinieblas de mi negro corazón.
El Bruto asesino que hundió su daga en el César de Roma, el creador del incendio del Reichstag,
Un amante de la humanidad que la percude para que ésta se sacuda con vehemencia
Ese soy yo, el violento villano que la sociedad necesita,
 lo bastante torpe para ser abiertamente malvado en una sociedad hipócrita,
lo bastante honesto para gritarle al bueno cuánto le odio.

“¿Bruto…hijo mío…tú también?”

Si César, soy aquel lugar que el héroe necesita para pintar sus hazañas.

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