Caridad, Nimia Caridad



Esta anécdota es nimia, recuerdo que esa navidad cobré un sobresueldo que se llamaba algo así como “aguinaldo”, el objetivo de ese sobresueldo era que las personas movamos la economía de la nación con el pretexto del nacimiento del niño Jesús, metamorfoseado en los últimos años en el anciano con traje rojo llamado “Santa”, bueno, cuestión de definiciones entender si es más comercialmente atractivo un neo nato a un adulto mayor. Cuando veo las figurillas que simulan el nacimiento del tal Jesús entiendo lo poco comercial de su imagen: 4 figuras masculinas mal vestidas, o usando harapos coloridos, una mujer con rostro dulcificado a pesar de haber parido, y un niño gringo con sus brazos abiertos, limpio, sin placenta, sin el color morado de un breve ahogo al salir por la vagina de la madre, ningún vestigio del sanguinolento cordón umbilical… ¿devorado por los animales del establo?

En todo caso, el sueldo estaba depositado allí el 15 de Diciembre. Recordaba una y otra vez que la última ocasión de cobrar ese sobresueldo había sido peculiar; el dinero extra me daba una sensación de bienestar suntuario y crematístico que me hacía ver los productos que ofertaban los almacenes con dejos de superioridad, y despreciando cada uno de ellos en su turno. Sin embargo, ese mismo dinero no era lo suficientemente numeroso como para permitirme acceder a cualquiera de esos productos de forma directa, todo lo que me permitía ese dinero era acceder a productos de lujo, pero a sus cuotas iniciales, era un dinero y no lo era, porque en el fondo iba a generarme más obligaciones.
Meditación que no hice ese momento, en el que estampé mi firma en numerosos papeles que certificaban mi endeudamiento.
Pasé todo el año pagando las cuotas del bien adquirido, sin desearlo ya, mirándolo en lo que tengo por sala de estar, con  desprecio y casi con odio.
¿Qué es del oficio del ser humano en la modernidad? Algunos dicen que el ser humano ya no tiene identidad sino la de consumidor, y la medida del consumo determina directamente nuestro rol y capacidad en la sociedad, “nos hemos vuelto una sociedad de consumidores”…interesante diatriba.

Decidí leer un poco sobre el tema caridad, que toda la gente empezaba a mencionar con insistencia en esas fechas, y la definían como dar algo que tú particularmente no quieres, o al menos ya dejas de desear, de necesitar, para dárselo a alguien que probablemente sí lo desea y sí lo necesita.
Pensé directamente en algo que me fue útil en el pasado, pero ya no ahora…usando esa lógica se me vino a la mente el libro “Salvador Gaviota” un bonito libro pequeño de no más de 60  páginas pequeñas impresas con letra bastante grande. La lectura de ese libro habla más o menos de remontarse a la mediocridad del medio que nos envuelve y buscar nuevos horizontes…un tema romántico para dárselo a alguien sin esperanzas, pero, bien pensado, gran parte de las personas pobres o menesterosas de la ciudad en que habito se jactaban mucho de dios, de su bondad, misericordia, apoyo, etc…cínicamente pensaba que no les vendría mal un poco de humanismo a su receta filosófica cargada de teísmo.

Así, emprendí una tarea que ahora miro como hondamente  el auto erguimiento de un ser propiamente miserable, que piensa que de alguna manera el vago de la calle puede aprender algo de él, el papel de mesías burdo que mira compasivo al que VE como inferior a él. Mientras armaba un “kit” de los obsequios que iba a dar…una mochila, cargada con sánduches, y el libro de “salvador gaviota” (sálvese quien pueda, voy a cambiar al mundo).
Antes de partir, el viernes 22, me quedaba algo del sobresueldo, que bienhechoramente había invertido en la caridad, decidí ir al bar.
El tugurio me recibe con sus brazos abiertos, olorosos a dejadez, pesadez, languidez, lascivia, y música a alto volumen. Las personas conversaban, reían, se miraban unas a otras, convenían ideas para no tener que seguir discrepando cuando la cerveza se agotaba…miraban sus relojes, vivían.
Nunca falta quien te acompañe a una copa, ojalá la compañía bastase para cubrir el reducto inmanente de soledad que tenemos aún en el momento de mayor intimidad, hasta sexual.

El detalle de la jornada de obsequios, con la  resaca del bondadoso y caritativo ser que quise ser, aún mareado por el licor, pasa medio desapercibido por mis sentidos, la jaqueca que sentía se apoderaba de las sensaciones que me recorrían esa mañana candorosa y estúpida en que yo paseaba como mesías buscando mendigos y regalándoles la mochila…casi no tengo recuerdos de ese día en que me creí más que un mendigo, pero la imagen que se quedó grabada en mi cabeza, aparte de los constantes “dios se lo pague” es la del mendigo de edad mediana, aparente adicto al cemento de contacto, de apariencia malvada, abriendo la mochila, extrayendo los sánduches y arrojando despectivamente a “Salvador Gaviota” al suelo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Neblina

Hola Sole

Vulnerables