Posmodernismo y lo Justiciable




Tras la aparente imposición global del mercado por sobre los sistemas de justicia y sociales; nuevas preguntas surgen.
Vivimos en la época de la posmodernidad, osea, lo posterior  a lo moderno. ¿Es éste un concepto engañoso?, ¿Un juego de palabras? ¿El concepto moderno de por sí no implica lo contemporáneo? Parece ser que en términos históricos y sociológicos no es así…la modernidad se nos escapó más o menos cuando moría la década de los 90s, y lo que se consideraban luchas en ese entonces hoy ya no lo son, o no lo son tanto, y lo que en ese entonces era inconcebible o rimbombante, hoy hace vanguardia jurídica.
El sociólogo checo Jurgen Habermas mencionaba que el posmodernismo debía ser admitido como una realidad criticable, en la que las mentes de los habitantes de dicha sociedad merecían un apelativo de “conservadores” en relación a su incapacidad de comprender las luchas sociales gestadas en la época moderna y que generaron un sistema de libertades posterior que se convirtió en nuestras democracias liberales. Jean Francois Lyotard agregaba que el “realismo del dinero” ha impregnado a una sociedad, llamémosle “post socialista” o “post bipolar”, una ideología que de alguna manera acomoda las tendencias y las necesidades intelectuales y sociales de un colectivo siempre y cuando éstas ideas o corrientes presenten a la propia sociedad un poder de compra.
Ya hasta en los círculos políticos la terminología y la semiótica se mueven en ese sentido: “vender” la idea, “vender” el proyecto político o “vender” al candidato, se visibiliza entonces una orientación mercantilista incluso en el léxico común del político.
¿Vivimos la posmodernidad? Hay antropólogos y sociólogos que se niegan a sostener ello, sobretodo quienes consideran que la sociedad humana no ha recorrido el potencial de sus metas, o los más escépticos (¿Existencialistas?) que sugieren que la historia se repite como una espiral que no necesariamente asciende a ninguna parte.
Consideraciones aparte, y sin querer ahondar en lo que parecería un reproche inicial a lo que nos ha tocado vivir como ciudadanos del siglo XXI, el para unos llamado “posmodernismo” (lo que Fukuyama llamó el fin de las ideologías); es materia de este artículo buscar cuáles son los elementos que son materia de análisis jurídico como “justiciables” es decir fenómenos que antes (en esa sociedad ya tan antigua denominada el modernismo) no hubiesen sido considerados siquiera como tales, y otros que se hubiesen convertido en materia de enconadas luchas sociales, hoy son simplemente, al desdén del posmodernismo cuasi desideologizado, relegadas a un segundo plano.


De despenalizaciones y otros debates
Las corrientes despenalizadoras no son nuevas (¿ironía?) éstas se han movido en virtud de las necesidades sociales y admitiendo progresivamente elementos proscritos como normados. El umbral de la despenalización, sin embargo, cada vez abarca temas más sensibles a la opinión pública que irremediablemente desde algunos sectores entra en conflicto con el dogma religioso, este sí, que no ha variado en mayor cosa desde el medioevo, como la despenalización o vigencia normativa de la interrupción del embarazo, o la despenalización del consumo de ciertas drogas como la Marihuana. La presidenta de Chile Michelle Bachelet visitó El Vaticano semanas atrás en ceremonial atuendo negro y conversó con el papa de la iglesia católica sobre las directrices de esta sociedad actual. Afuera, en la plaza San Pedro un puñado de mujeres sólo atinaba a pasar cuentas en los rosarios pidiendo que éste país no apruebe la llamada “ley del aborto” que despenaliza el aborto.
Acerca de despenalizaciones, José Mujica, ex presidente de Uruguay, polemizando siempre con sus visibles gestos políticos, logró que la propia (y conservadora) OEA se pronunciase sobre la necesidad de cambiar el discurso en relación al tratamiento del  tráfico y consumo de drogas como la marihuana. Ese mismo Uruguay que hizo reflexionar al mundo americano despenaliza progresivamente la marihuana y  legaliza a su venta en farmacias en estos días.
En Ecuador el CONSEP admite que la guerra contra las drogas está dando señas de ser un rotundo fracaso y que el tratamiento del problema debe usar otro enfoque que no sea el punitivo. Ahora bien, estos “avances” o “retrocesos” desde la perspectiva y adoptando la posición que se quiera adoptar, parecen mucho menos veleidosos que otros: el derecho de los animales y la naturaleza.
Derechos a Pitbulls y hambre a los pobres
La afirmación de que vivimos la posmodernidad, parece ser cierta cuando vemos las paradojas de inconsistencia (por lo menos ética) que hacen el diario cotilleo politológico, que nos hacen sopesar las palabras de la tríada de posmodernistas citada arriba, cuando vemos el nivel alto, tanto de popularidad como de veleidad de leyes como LOBA (Ley Orgánica por el Bienestar Animal), o la folklórica (unos le llaman “neoconstitucionalista”) idea de convertir a la naturaleza en sujeto de derechos, y la oposición virulenta a normas en pos de la distribución equitativa de la riqueza, y nos dan a pensar que la ideología solo es “socializable” si esta de alguna manera es redituable, ya en términos económicos o en su acepción negativa, si no trae costos económicos graves consigo. La paradoja se completa cuando vemos a una sociedad apática en relación a la disminución de la brecha ricos/pobres, o la lucha contra la pobreza y el hambre, palabras que suenan en el ciudadano del siglo XXI, como “esas batallas perdidas del siglo pasado” y, perdido el ciudadano también en su apatía, se consuela en el sofisma fatuo de que el capitalismo da oportunidades a quien las busca.


Posmodernismo en la carretera global
El internet, para los optimistas, es la avenida de la información, para otros no tan cargados de esa visión romántica, es un gran escaparate de ignorancia y mitos modernizados, la sociedad posmoderna, vamos diciéndolo de una vez, no es ni un ápice más intelectual que sus predecesoras, acaso más informada o de libre acceso a los conocimientos, pero no por ello más interesada en el progreso social. Edward Snowden, ese cyberpunk convertido en héroe por sectores libertarios de la red, y en enemigo No. 1 de los servicios secretos del premio Nobel Obama ha afirmado que nada hay en internet, o al menos en ese internet masivo (mainstream para los hippsters) que no esté bajo la égida del comercio: Datos personales,  datos de preferencias de usuarios, e incluso información muy privada, es vendida hoy por hoy al mejor postor por las grandes cadenas de redes sociales. Hay allí entonces quienes creen que el internet también ya debe empezar a regirse por el imperio de las leyes y aquí otro ámbito donde lo justiciable se hará presente progresivamente de mayor forma en los próximos años.


¡Hey! ¿Qué nos queda entonces?
Hay quienes sostienen que esta era no es en nada diferente a ninguna otra, habrán luchas por judicializar causas y despenalizar otras, críticos y sesgados, e ideologías en ciernes como ideologías añejadas; esos existencialistas asumen que las posturas expectantes y perspectivistas podrían darnos una idea de aquello por lo que realmente se debe luchar, y en nuestro caso, legislar. El mismo despenalizador y ateo confeso Mujica ya nos lanza una advertencia antes de seguirnos lanzando en esta espiral de “progreso”: “El tiempo es el mayor valor que poseemos”. Es casi imposible hacerle entender al consumidor de datos móviles y teléfonos inteligentes que su vida y sus gustos ya no le pertenecen, y que el pararse a contemplar el mundo y su belleza es el mayor valor agregado a nuestra existencia, pero siempre han de existir sonrisas y amaneceres, aún en la posmodernidad y aún en el existencialismo.

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