¿Violencia en el transporte público?

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Este personaje pasa la última media hora de su largo día recorriendo la ciudad a través del espacio entre otros que le permite ver una ventana que proyecta sombras de la ciudad. Este personaje escucha los altavoces del trolebús que anuncian los nombres de las paradas (cuando el taciturno chófer lo recuerda) y las precauciones sobre las pertenencias. Este personaje puede ser cualquier habitante de la densa ciudad: un oficinista, un estudiante de la nocturna, un estudiante universitario, una combinación de esas opciones, un cesante luego de una tarde de entrevistas (como si eso fuera en realidad así en la ciudad). Fuera de la forma que fuera, algo (no tan extraño) interrumpe el silencio brumoso de las personas envueltas hacia sí mismas.

Es un "otro" (usted puede llamarle costeño, extranjero, colombiano, venezolano) lejos de casa. Refunfuña más rencor que aquel que todos quienes viajan llevan dentro. Hombre de mediana edad sobrecalificado y sub remunerado- el caldo de cultivo de la ira- pero tiene algo que le pone en desventaja. Es ajeno, es el "otro". Es aquél sobre el cual recaen las frustraciones de los "iguales".

Empieza -imprudentemente- a maldecir a la ciudad que recorre. Mira altiva y ebriamente a la brumosa masa humana que viaja indiferente y empieza a hilar insultos, ofensas, palabras de odio e ira. "ciudad de mierda, porquería de gente", "bovinos, ovejas, asco de ciudad de indios".

Si, tenía que rematar con la citación -casi obligada- a lo indígena, a lo racial; -no puedes odiar sin calificar expresamente al objeto del odio-; el odiante necesita otrificarse para odiar, necesita desmarcarse de aquello que describe. Dice "indios" para desmarcarse de quienes le rodean, tal vez no se siente "indio", talvez no lo es, eso no importa, el apelativo de odio solo puede engendrar odio.

El antedicho personaje suspira, mira a la ventana con más intensidad, intenta que las palabras del individuo no le afecten, mira a quienes viajan con él. La misma indiferencia, el mismo rictus apático en las caras de los viajantes. "otro loco del trole", piensan talvez.

El "otro" no ceja, sigue maldiciendo, irritando, pateando su realidad con palabras, ¿con quién es la ira? ¿consigo mismo por tener que estar allí?, ¿con quienes le rodean?, eso tampoco importa, no hay psicoanalistas en una unidad del trolebús que viaja al sur. Las sombras de la noche esconden un último momento memorable.


Dos vecinos del insultador en la apretujada masa se miran de reojo...la parada de "La Recoleta" es anunciada, y el trolebús baja con intensidad la calle Maldonado, las casas de ese barrio lucen fantasmales y silenciosas. El trolebús se acerca a la parada; el personaje mira aliviado que el fin de su viaje llega y empieza a salir de la unidad pidiendo permiso/perdón a cada poco del tumulto que no le permite la salida; sin querer, se acerca al insultador quien se ha callado, pero forcejea con dos hombres. Las puertas se abren y violentamente el insultador es arrojado fuera de la unidad, los dos individuos que se miraron de reojo inmovilizan al insultador, uno de ellos le golpea sin mucha fuerza en el estómago, el insultador está asustado.

El personaje también se baja de la unidad, y repentinamente algo sucede, éste siente su sangre hervir, sus manos temblar de ira y de repente mira al "otro" atrapado entre los rostros silenciosos de sus dos captores, éstos necesitan hacer justicia pero no se animan a mucho, el trolebús abandona la estación y la parada alumbrada con mortecina luz fluorescente nos muestra una escena interesante.

El personaje se inclina un poco, pone su rostro a la altura del insultador y le grita, le reclama, le devuelve el odio que tan pródigamente el insultador había repartido en el viaje. Los ojos abiertos e intensos de ira del personaje no se guardan nada. La pareja de captores pide más, los "justicieros" que apenas inmovilizan y mueven al insultador hacia afuera de la parada desean algo que no le dicen al personaje: intervención física. El personaje durante un segundo mira los rostros de los "justicieros" y estos tienen un rictus extraño de satisfacción y placer, pero una angustia no verbal por la incapacidad resolutiva de transformar la retórica ira en física ira, por parte del personaje. El personaje así, no le toca un pelo al odiador, al "otro", no le golpea ni le abofetea, decepcionando talvez a los captores.

El personaje por un segundo logra salir de su "yo" y mira la escena, todos están en una misma esfera, en un mismo momento de emociones inversas e intensas, están teniendo una unión pasional en relación a su propios seres. Advierte en el horizonte de la borrasca emocional una isla presente: la vergüenza. Vergüenza hacia sí mismo, hacia el momento, hacia los "justicieros" y hacia el "otro". Su rostro, que tiene las facciones de una explosión,  de repente enmudece, sus ojos no dejan de estar tan abiertos como pueden...sus pupilas diminutas miran al vacío y...el personaje se retira. Los "justicieros" no dicen mucho y permanecen en el lugar sujetando al "otro".... la noche se incrimina culposa de las emociones intensas en la muerte de otro día de cosechar ira en un mundo injusto.


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