Sujeto Hachero.
El "hachero", cuando inhala esa mezcla pérfida de restos de químicos con un toque de heroína, tiene la única diversión occidental que puede pagarse, en los medios ve el capitalismo 3.0 emerger con todo su glamour y obviamente, con la tecnología y las redes sociales que le catapultan a una realidad idealizada del éxito y del "tener" sobre el ser. Un cosmos de capitales sociales reemplazados violentamente por capitales de consumo a la altura de 7 pulgadas llenas de bacterias que sus dedos mueven con la agilidad de la curiosidad propia del homo sapiens. El internet y el wifi se convierten en un derecho de dos filos.
Entonces, ya no le interesa quien es, en quien deviene, en qué se convierte, no le interesa dónde está. Pareciera que Marx resucita en una versión más oscura, ya no se despersonaliza con los medios de producción, ya ni siquiera es un alienado que produce cosas que no consume. Es un despersonalizado de su propia existencia, olvida toda su realidad lacerante que le circunda, cuando observa la pantalla que le transporta hacia el mundo de las apariencias.
Esta despersonalización, ojalá se pudiera llamar alienación, pero parece una entretejedura de fenómenos más violentos que el simple deseo egoísta de un patrón que busca unas migajas más que él, en esa plusvalía del capitalismo industrial que el barbudo alemán describiera. Este tardocapitalismo parece ensañarse con el proletario de una manera más seductora. Le muestra lo que él no es ,- o corrijamos-, lo que él no tiene todo el tiempo, y con una semiótica tiburonezca, le empuja a sentirse víctima de sí mismo, para regocijo de Byung Chul Han que ya describió, antes que ocurriesen las masacres en las cárceles del país; que el sujeto tardocapitalista ya no ve hacia afuera a su opresor, sino lo construye en sí mismo. Es menester entonces ser tu propio jefe porque claramente, "si eres pobre es porque así lo quieres".
Él quiere una probada del mundo del "influencer" que viaja, compra cosas como fin y no como medio, hace "unboxings" de simplemente aquello que él, en su techo de lámina, con algunos grados de calor abrasándole en su camastro, en la noche que huele a humedad del sumidero que se une al estero que corre más allá de su casa, puede tener.
Quiere viajar, quiere ser un "Luisito comunica"; Pero en Montebello-donde alguna vez intentó asumir el rol de proletario en su sentido prístino- por unos cuantos racimos de verde que ayuda a descargar, por varias horas, recibe 5 dólares, y sí, hablamos de dólares como cosa común en Ecuador y en Venezuela porque el señoreaje de la emisión monetaria los políticos criados en la escuela de Chicago también se lo pasaron por la entrepierna; esta patria como tantas otras, sumida en el subdesarrollo solo supo crecer, como advierte Dussell, hacia afuera. Que viva la metrópoli, a la mierda el Sucre, a la mierda el Bolívar, a la mierda la periferia global. Todos vamos pues, a mirar hacia la metrópoli como absortos en cuadro pegajoso bajo la influencia lisérgica. "Silencio...el himno de la champions" twitean algunos de estos, sin ningún embozo. Lo grafican a la perfección.
No hay mucha libertad cuando el dinero no alcanza. Libres hasta que el dinero lo abarque, ¡que viejo adagio ya pergeñado en los 90s!. No bastó una generación de artistas que se suicidaron en el corazón del capitalismo, advirtiendo la degeneración de éste sistema en su fase mercantil al capitalismo de medios, para advertir que esto se vendría como ola gigante de antiprogreso que ahora nos abraza y abrasa a todos, mientras canturreamos el reguetón de moda,- o para analizarlo en el propio cliché- mientras canturreamos "mi primer millón" de "Bacilos", mientras caminamos, jóvenes enamorados, madres con sus hijas, padres e hijastras, hermanos, comunidad, en esa caverna Saramaguiana llamada "Centro Comercial". En Guayakill lo reducen lingüísticamente a "Mall", ya que su presencia omnímoda en lugar de cualquier espacio cívico (¿parques, talvez? ) que no incentive el consumo que acelera este tardocapitalismo, se impone a cualquier concepto de civilidad como la pensaron los griegos, con todo y su ágora.
El sujeto hachero, pues, no necesita muchas visitas al "mall" para saber que el sistema le odia por no poder unírsele. Mejor unirse, pues, a la banda local. Todos subeducados en el colegio fiscal donde su red de microtráfico no hizo sino robustecerse. Esnifar un poco de hache y ser lo que él quiera, estar donde él quiera, tener lo que él quiera. Luego, la realidad, luego la sobriedad, luego, buscar de nuevo ese estado de cosas donde el no poder unirse al carrito del consumo sino de drogas parece ser la única salida cuando no hubo educación mínima que le procure saber de la dependencia química y bioneuronal que los opiáceos generan.
Matar entonces, matar para volver a ser su propio influencer. Nada importa. Amenazar a la clase media que corre despavorida a las faldas de la élite criolla que le muestra como solución aceptar ir cuesta abajo al despeñadero de los pobres. "No debe haber Estado" gritan las voces liberales, talvez para quitarse de encima de una vez a la clase media aterrada que ha hecho los deberes del sistema, y que mira decepcionada (de nuevo) como la derecha desearía que no exista. Maldito Welfare siguen gritando los Mileis y las Álvarez, desde la cúpula de su ideología anti derechos. El sujeto esquizoide de clase media, simplemente no entiende.
El sujeto hachero deviene entonces en soldado de bandas criminales. Para qué ocuparnos de la criminología cuando este no es un blog de Derecho. Pero basta ver la motivación evidente. Salir "de las calles a los medios" El hachero/sicario/"suizo" quiere tener suficiente dinero para ayudar a su familia, ora para comer, pero sobretodo para al fin, poder ser un influencer de medios, tener fotos de instagram con sus cadenas de oro rutilante, sus implantes dentales de diamantes, y no faltaba más, sus novias construidas a punta de ciugías estéticas en lo que ya en México se denominan "buchonas", dícese de esa influencer de cuerpo sinuoso esculpido con generosamente pagados bisturíes, que utilizan,-no necesita usted adivinar- las redes sociales de este capitalismo 3.0, para promocionar su fin, su tener, su riqueza, su "3.0 trabajando". Ser sujeto/objeto de deseo al fin. Y de esta manera, poder demostrar que "quien quiere puede" a un nuevo adolescente famélico y pauperizado que, en algún arrabal latinoamericano, construye su anhelo de vida al ver esas imágenes...en esas 7 pulgadas de cosmos, que sus dedos recorren con fruición.

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