Amor, Relaciones y masculinidad.

Hola Paula.

Me has pedido que escriba, como parte de mi proceso terapéutico,  mis perspectivas sobre el amor, las relaciones y la masculinidad. Específicamente, sobre este punto has dicho "necesito que me expreses lo que es ser hombre para tí"

Con gusto lo haré, y trataré de no usar el tono añil e impersonal que le doy a muchas de las cosas que escribo, no sea que consideres que hago un ejercicio egóico de verme a mí mismo como un definidor de cosas desde una perspectiva poco emocional. Pero me confieso barroco en mi manera de escribir, y lo digo reconociéndolo como un defecto inevitable que ya advertía Borges. Por eso casi nadie me lee.

En primer lugar, hablaré de lo que pienso del amor: El amor está en una dimensión humana. Al decir esto, pienso que estoy de acuerdo con Protágoras cuando dijo que "el hombre (ser humano) es la medida de todas las cosas" Así que, comprendiendo la dimensión humana podemos comprender lo que el amor es. 

El psiquiatra Engel dijo que el ser humano es un ser bio-psico-social. Y creo que el amor se ajusta a esta visión tripartita del ser humano. El amor, así, es un fenómeno humano que adopta estas tres dimensiones.

La dimensión biológica del amor marca de forma ineludible lo que luego construimos en el delirio. Es muy comentado en la modernidad que el amor es una especie de juego neuroquímico que afecta a nuestro organismo como si de un narcótico se tratase. La "socialité" Aislinn Derbez entrevistando al psicólogo colombiano Santiago Solano en un vídeo que tiene alrededor de 1 millón de visualizaciones en youtube, obtiene muchos argumentos sólidos sobre la función neuroquímica que juega un papel trascendental en lo que nos hemos dado en llamar "amor". Y claro, esta serie de transmisores entre los que está la sabrosa dopamina y otras endorfinas que provocan en nosotros altísima empatía a otros seres humanos. En todo caso, en esa entrevista se advierte que, aunque de inicio el amor es una cuestión neuroquímica, (biológica cuasi), luego, y al tenor de nuestras disputas filosóficas y sociales,aparecen otras construcciones.

Precisamente tenemos luego la cariz psicológica del amor.  Personalmente creo que este inicio bioquímico es tan brutal y su impacto es tan hondo en nuestro constructo humano, que, al tratar de comprenderlo, o reducirlo, explicarlo o analizarlo, es donde perdemos la cordura. Y los poetas, filósofos, psicólogos, ya han regado océanos de tinta explicando la función psicológica del amor. Algunos pensadores y artistas, desde la antigua Grecia, como la poeta Safo de Lesbos, ya trataban de reducirlo a un oleaje de emociones tan intenso que lleva a las personas a perder la razón. Personalmente pienso que, de muchas terapias recibidas, el amor puede verse como una lucha colosal entre el extremo altruismo y el extremo egoísmo. Y de otras terapias y conversaciones con amigos, comprendí que psicológicamente el amor pasa por una especie de tres fases como concebía Platón, que van desde lo erótico hasta lo filial. Expresamente el filósofo ateniense dijo que son tres fases: Eros, Philia, y Ágape. Podrá decirse que esta afirmación platónica está sujeta a una serie de interpretaciones pero creo que la literal tiene un valor muy interesante. Creo que en mi vida he llegado a experimentar las 2 primeras formas de este amor, siendo esto profundamente insatisfactorio para mis parejas, que han sido en gran medida, mártires de mi visión. Supongo que para llegar al ágape habría que abrazar a la humanidad en un solo acto poético e imposible.  

Finalmente, dejo la parte más conflictiva para el final. El ámbito social del amor, que para mí es la manera en que la sociedad y la cultura occidental/capitalista, engulle, deglute, mastica y luego excreta este hermoso fenómeno y lo convierte en un producto adaptado, reducido, convencional y casi antagónico con su naturaleza original. El matrimonio monógamo, las relaciones encorsetadas en conceptos como "noviazgo-compromiso-matrimonio" es el producto final de cómo la sociedad ha tratado de "lidiar" con el amor (y creo por añadidura, con el producto natural de la faceta biológica del mismo que son los hijos).  Este acto fagocitario, no obstante, es necesario, ya que una sociedad donde se viva un amor libre siempre se ha visto como problemática, basta ver lo que pasó con comunas hippies como "la familia" de Manson o las comunas de "Morning Star Ranch" y "Haight-Hashbury", donde a pesar de que fueron conformadas con personas que criticaron el producto-matrimonio, muy bien intencionadas y que trataron de abrir sus mentes al máximo con la ingesta de sustancias; terminaron degradadas en drogas destructivas como la heroína o la cocaína, esto y cuando no terminaron en brotes de violencia, abusos sexuales y conflicto en general. Así pues, el amor en su dimensión social es (como la democracia), digamos el "mal menor" de una sociedad que aún no sabe bien qué hacer con él.

Llegado a este punto, quisiera advertir que todo lo sublime y desinteresado del amor filial, maternal o paterno, no lo he comprendido en mi análisis, ya que me he tratado de enfocar en lo que uno puede sentir por su "pareja". Me apena un poco dejar casi al margen las palabras de mi madre reconociendo que, -a la pregunta que le hice algún día sobre lo que es el amor,-dijo que el único, poderoso, notorio y más puro amor, es el que una madre experimenta con su hijo. No lo noté como un niño y un adolescente egocéntrico sino hasta que me lo dijo en mi juventud. Cruel paradoja que lo que les queda a muchos padres son versiones remendadas-revertidas o remanentes de ese amor. Pienso, así visto, que el amor tiene una dimensión femenina inmensa, que los hombres comprendemos poco.

No obstante, no puedo ser completamente complaciente con este último punto, ya que aún en ello, muchas mujeres experimentan también la faceta egoísta y destructiva de "sus" amores  Además he omitido la idea espiritual del mismo. Estos conceptos no obstante, no se pueden dejar de lado como yo lo hago. Al menos en Ecuador, 9 de cada 10 personas creen en un ser superior. Yo no he podido lograr tal creencia. Pero no pueden tantas personas estar equivocadas (¿o sí?) Saramago dijo que incluso para ser ateo se debe tener una enorme espiritualidad. Y no me quiero meter en esa enorme piscina metafísica. Reconozco que hay rasgos notorios de amor en lo que hemos construido como religiones, y muchas experiencias religiosas-espirituales conectan el ideal del amor con la práctica. Para hablar de ello debería alinear mis chacras y abrazar mi yo espiritual, al que he sometido a una dieta a base de lecturas de budismo a la europea, lo cual creo que es un alimento bastante insustancial como para sostener una idea medianamente profunda. Ergo, no comprendo mucho del amor.

 

§

 A estas alturas estimada Paula, tal vez pienses que me dí un largo rodeo para explicar lo que el amor es. Debo pensar en mi madre, que siempre me dijo que analizo demasiado las cosas. Como sea, es mi manera de vivir este loco mundo.

Así que debo continuar con lo que las relaciones son para mí.

Definitivamente pienso que definir lo que una relación sentimental es ir cuesta arriba. Caer a la práctica del amor, como constructo, como compromiso, como altruismo, es algo en lo que me ha ido sobradamente mal.

Entiendo, no obstante, que estar en una relación es participar de una voluntad común. Es participar activamente de un acuerdo convenido y deseado por las partes. Empero, una relación tiene zonas claras, y zonas grises. Las zonas claras de una relación son los acuerdos explícitos y dialogados con la pareja, que ambos ven como aquello que les permite avanzar. Creo que aquí se encuentran el humor, los intereses comunes, el común acuerdo en los gustos, preferencias y apetitos de toda índole. 

Por otra parte, está la zona gris. La zona gris de las relaciones es todo aquello que una de las partes, sin mediar el diálogo, ha colocado en el otro como perspectiva. Aquí se encuentran las expectativas internas, los deseos personales deseables en el otro; los traumas, las infancias, el constructo de familia, valores y antivalores personales. 

Agregaría que luego de estas dos zonas hay una zona oscura, donde se encuentra la violencia heredada, el trámite bueno o malo de los duelos, los traumas mal gestionados. Todo lo que deriva en celos, posesión, codependencia e ira, pues.

Sobre esta última zona, pienso que demonizarla o proscribirla no es positivo, pienso que aún la ira y el dolor deben tener sus lugares y en las formas apropiadas. Algunas parejas lo gestionan a través de BDSM, otras a través de la canalización a lo ajeno, a lo "otro" (pobres, foráneos, -el otro-); y otro canal que yo creo es positivo es el rock alternativo, el "pogo" y lo gutural. A pesar de ello, muchas personas gestionan su ira de manera destructiva, canalizándola en un mal momento, hacia sus hijos o, como estoy mencionando, hacia sus relaciones. Personalmente siempre he evitado la ira como expresión en una relación, pero no niego haberla sentido por celos o frustración. Recuerdo algunos episodios de ira en mi padre, donde sus ojos proyectaban su inmensa pasión por la vida, pero de una manera totalmente tenebrosa.

Es una muletilla decir que la clave en una relación es el diálogo, pero no por eso deja de ser una gran verdad. Lo ideal sería que no hayan zonas grises en lo que uno desea dentro de una relación. 

Pienso finalmente, que el desarrollo personal no está vinculado a una relación. Pienso (no sé si erradamente) que si nos obcecamos en pensar que nuestra relación nos define, tendremos problemas. Pienso que uno no debe renunciar a su individualidad y tener una vida y un desarrollo más allá de la relación. Pero aquí probablemente es donde las zonas grises se vuelven más grandes y los conflictos en parejas emergen, precisamente porque sus zonas oscuras convergen antagónicamente.

Las relaciones ciertamente son un trabajo, y no son productos terminados. Las relaciones son una construcción constante, y si uno no tiene el valor para construir de forma continua un proyecto de pareja lleno de estas luces y sombras, pienso que no debería abordar la tarea, o al menos, debería lograr un acuerdo de pareja en que comprendan que esa dimensión de lo eterno no existe para ellos. 

Aún así, en su momento de mayor cohesión, la pareja firmó hipotecas, tuvo hijos, y en fin, se constituyeron en socios, como lo prescribe la misma ley. (Matrimonio: Contrato civil entre un hombre y una mujer con la finalidad de vivir juntos y apoyarse mutuamente) En Ecuador, el legislador amistosamente agregó la característica de "procrear". Bien sabemos que esa procreación  puede realizarse sin contrato previo.

No me queda claro, si las parejas que han aumentado en extremo sus zonas grises y oscuras, siguen juntas por miedo a lo desconocido, cobardía, hábito, rivalidad, o algo de todo ello. Tal es la naturaleza del ser humano, que no conoce patrones ciertos.

 

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Sin duda para definir lo que me hace hombre, y lo que es la masculinidad. Pienso que la respuesta "bio-psico-social" se ajustaría también a este apartado, pero creo que la aproximación mas apropiada es la cultural, ya que aunque hay factores biológicos eminentes que determinan muchas de las actitudes y elementos con los que abordo el mundo "soy un hombre que...."

Ahora, respondiendo eso, soy un hombre en el sentido de que siento la energía punzante de mi vida y mi deseo de eternizarla, en el sentido de ser reconocido como tal, por el "otro" - ¿Quién es ese otro? ese otro es el que me mira desde afuera de mi ser. El que me ve "como hombre". Yo en este apartado no tengo expertos teóricos ni me he cuestionado la construcción de lo que me hace hombre. 

No obstante tengo un par de reflexiones a la luz del tiempo y las experiencias. Una querida amiga mía dijo que los hombres sufrimos "la herida del rechazo":  alejados del seno materno, sufrientes por no volver a la calidez de la madre, vamos entre ingenuos y egoístas, buscando lo más cercano a ese ser del que tuvimos que salir y no volver. Sexualmente "volvemos a entrar" se me ocurre pensar, casi en idea freudiana. Es triste eso, porque somos rechazados: en el ejercicio de la conquista eterna de la mujer, nos volvemos duros de recibir las negativas en todas las tonalidades; nos ponemos la coraza de la brutalidad masculina, el rol de dominio, el rol del "liderazgo" e incluso, cuando llega el "si" hemos aceptado tantas veces el "no" que al principio somos miedosos e inseguros. Muchos hombres vivimos una inseguridad perenne, por ese rechazo, por esa cariz de parias, de ser, como Caín, desterrados y llamados a formar nuestro hogar.

El otro aspecto que hasta me persigue en los sueños, es que en este siglo es casi vergonzante la construcción de mi masculinidad, a la vera de mi padre y mi abuelo, al son silente de esas palabras aparentemente obvias y de ese lenguaje implícito que pretende que yo entienda que "así hacemos los hombres las cosas" sin siquiera decirme qué debemos hacer. La masculinidad que me formó es anacrónica, y ya no sé si debo sentir placer o sentir temor, o sentir lo que se sublima, cuando enfrento al ser femenino que existe fuera de mí. Y el rasgo femenino que me habita también, sin hacerme eso gay, sino simplemente un admirador de lo femenino por su belleza. Como ve, la masculinidad es frágil como se asevera en los tiempos que corren, teme ser asociada con su opuesto, se reafirma una y otra vez, y finalmente, no se define a sí misma, sino que se la vive.

Sé que no acabo de explicarme, ni acabaré de hacerlo, de todos modos, 

Gracias por tu tiempo, estimada Paula.


         

 



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