De paso

Esta ciudad cada vez nos pertenece menos, amor.


Las vallas que el miedo ha erigido para privatizar la polis, separar a los autoaislados de los excluidos, perfilan en horizonte rectilíneo y grafiteado la nueva cara de dios.

Las sillas de los parques que ya no sirven a nadie, y la plaza abandonada a la suerte que sus habitantes, -los desplazados-, le puedan dar. 

El atardecer que cae lacónico,  lleno de voces y rostros totalmente desconocidos, me recuerda que aquí escribimos las letras más profundas de nuestra pasión.

Esta ciudad cada vez nos pertenece menos, amor.

Ahora soy apenas un inesperado turista en estas veredas sepia sobre las cuales, esfinges juveniles caminan indiferentes a mi edad, como me fue advertido iba a pasar.

El maestro anciano en el aula universitaria, sentenció esa ya lejana tarde, opacando nuestras risas: "por el mismo camino va la procesión".

Hoy, mis ojos repletos de nostalgia no conmueven al habitante del tráfico, que suena su claxon ansioso por regresar a casa, apurando mi caminata en el casi totalmente despintado paso cebra. 

Esta ciudad cada vez nos pertenece menos, amor.

Siento ahora sí, el profundo abrazo del olvido y la sensación gigante del mar, al ser otro ignoto peatón que no va para ningún lado, y camina en círculos que anuncian la monotonía de su destino.

Como si de la anónima tragedia se escribiera otra lánguida página, esta hormiga no tiene el vientre cálido de la colmena al que abrazarse. O, mejor dicho, vientre alguno en el que poder naufragar.

Este tiempo me pertenece cada vez menos, amor

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